Jeby, un perrito obediente, se lleva la pelota, camina, corre, se arrastra y se desliza en el campo de ortigas aguijón a las órdenes. El resultado es millones de dolorosas picaduras perforadas en su piel como agujas de pies a cabeza. Le advertí en vano sobre los efectos infernales después, pero insistió así que consiguió sus tres días de noches sin dormir y piel ardiente.